jueves, 25 de octubre de 2007

Roberto Madrazo: reflexión serena sobre un linchamiento deportivo

Dos de las tres medallas que recibí por correr, completo, el Maratón de la Ciudad de México

No soy priísta, ni mucho menos madracista, pero sí soy corredor y maratonista, y cuando leí el cúmulo de artículos y comentarios sobre la participación de Roberto Madrazo en el maratón de Berlín, celebrado el sábado 29 de septiembre de este año, me indigné y —peor— me puse triste, porque no se trata de una justa política ni de un debate ideológico sino de algo mucho más personal, íntimo: el reto que un deportista establece para sí mismo.

Un maratón es una prueba en extremo difícil para cualquier corredor, incluso para los profesionales. Yo sólo he corrido en cinco y he completado cuatro. Uno de ellos fue el maratón a campo traviesa de la Ciudad de México a Cuernavaca —el maratón “Rover”—, con un recorrido aún más largo que el tradicional de 42.195 kilómetros. Mis tiempos no han sido nada espectaculares pero tampoco vergonzosos, y los de Roberto Madrazo —un año mayor que yo— son mejores que los míos, entre 10 y 25 minutos (nada despreciables), ¡y él ha participado en 36! Este solo dato infunde respeto.

Aunque siempre consideré a Madrazo como un adversario en términos políticos, alguien que representa lo que menos me gusta de la vida pública en México, como corredor lo sentía como compañero, igual que Ernesto Zedillo y hasta Carlos Salinas, que también son —o eran— corredores. El deporte, pues, nos hermana a todos porque enfrentamos, de manera igual, los mismos desafíos sobre el mismo terreno y con el mismo equipo: el que Dios tuvo a bien entregarnos, y el que nosotros debemos cuidar.

Por eso me puse triste al leer los comentarios sobre la trampa que hizo el político tabasqueño para, supuestamente, ser el primero en su categoría de master. “¡Qué falta hacía! —me dije, incrédulo—. ¿A quién quería engañar?”. Y, por supuesto, después uno ataba cabos y extrapolaba su trampa deportiva a la vida política —o viceversa— y todo tenía sentido.

Después leí la insersción que pagó Roberto Madrazo en el periódico Milenio (y quizás en otros), para explicar su comportamiento. Pienso, ahora, que tal vez habría que darle el beneficio de la duda. Explicaré por qué.

Yo no estaba allí ni hablé con Madrazo antes de la competencia, pero éste afirma que nunca pretendió correr los 42.195 kilómetros porque llegó “lastimado”. Uno, con la cabeza fría, puede preguntarse por qué correría si estaba lastimado, pero a veces pasa: uno se encuentra tan mentalizado para la competencia, que no correr representaría un fracaso, mientras que correr más despacio, o menos distancia, sería una manera de participar en un plano más modesto, como si fuera un entrenamiento relajado, sin perderse el ambiente de camaradería festiva. Lo entiendo y acepto porque también lo he hecho: a veces correr leve es mejor que no correr cuando se anda un poco traqueteado. Según él, la recomendación médica anterior había sido “descanso”, pero no pudo reprimirse, fue a Berlín, corrió… y llegó hasta el kilómetro 21, donde no pudo más. Clásico…

El tabasqueño también afirma que tras aventar la toalla (resultado que había anticipado), se encaminó “directo a la Meta [sic] por mi ropa y mi medalla de participación, misma que se entrega a todos los corredores sin excepción”. Esto puede ser cierto, o no…, según aclararé más adelante. En el único maratón que no terminé, el cual corrí al lado de Vicente Quirarte —el primero para ambos— nos dimos por vencidos en el kilómetro 33: yo me estrellé contra el muro. Creo que Vicente podría haber llegado más lejos, o incluso podría haber terminado con un buen tiempo, pero se solidarizó conmigo, ambos cubrimos los pocos metros que nos separaban del McDonalds que está sobre el Periférico en Polanco (se trata del Maratón Obrero, patrocinado por el CTM, no el de la Ciudad de México) y ahí nos tomamos unas coca-colas bien frías que nos supieron a gloria, para abusar de un lugar común que bien merecíamos en ese momento.

En esa ocasión jamás se me ocurrió llegar por “mi medalla”, precisamente porque no habría sido mía. Cuando uno recoge la medalla, no es porque ganó sino porque terminó. Y yo no la terminé. Y hasta donde yo sé, si uno no termina el maratón de la Ciudad de México, tampoco recoge medalla, pero puedo estar equivocado. Aquí reproduciré lo que la página oficial del Maratón de Berlín (http://www.real-berlin-marathon.com/events/berlin_marathon/2007/informationen.en.php) expone acerca del otorgamiento de medallas: “Awards / All participants will receive a medal at the finish line (until the finish is closed)”. Traduccion: “Premios / Todos los participantes recibirán una medalla en la meta (hasta que la meta se haya cerrado)”.

El lenguaje es ambiguo. ¿Todos los participantes recibirían una medalla en la meta, aunque no llegaron a ella corriendo (o caminando en todo caso) tras haber seguido respetuosamente toda la ruta de 42.195 kilómetros? ¿Basta con solo estar inscrito y haber corrido unos cuantos metros, o 21 kilómetros (el caso de Madrazo), para posteriormente llegar a la meta antes que ésta se haya cerrado?

Si esto último es cierto, que se otorgan medallas por “participar”, sean cuales fueran los kilómetros cubiertos, Roberto Madrazo está en su derecho de sentirse linchado por la prensa. ¿Qué pienso? Habría que darle el beneficio de la duda mientras no tengamos claro este último dato. Un corredor tan dedicado como él difícilmente cometería una trapaza de ese tamaño y con ese grado de futilidad: no había nada que ganar y —como la reacción lo ha demostrado— todo que perder.



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